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70-50 FASCINACIÓN POR MORELIA

JOSE ANTONIO ROMO

Septiembre 2017 - Febrero 2018 | Sala 5


 


70-50 FASCINACIÓN POR MORELIA


Morelia: una ciudad para despertar los excesos


La zona central de la capital michoacana se vive por medio de la alteración sensorial. Con los ojos se le aprecia y con ellos también se le escucha, pues sus piedras son el remanso necesario para mitigar los efectos de un movimiento cotidiano revelado como imposible. La simple mirada permite degustar y oler una esencia vital que, al paso del tiempo, se ha almacenado en el rosado carácter de sus piedras.


            Sin importar la cantidad de tiempo de contemplación, las maravillas levantas en esa sección de la ciudad permanecerán en la memoria. Para los foráneos, como el extraordinario recuerdo de un sitio excepcional; aunque los residentes terminan por acostumbrarse a su presencia, no dejan de expresar el privilegio de que esos templos, palacios, fuentes, calles y casonas sean parte del escenario donde transcurre su vida.


            Esa primera emoción derivada del encuentro sensible con la ciudad –con los ojos como el vehículo para lograrlo- es la admiración. Destaca la solidez de un espacio urbano levantado con un mismo material, el mismo que fue extraído de su propio subsuelo y permitió desafiar a la gravedad con la fuerza de sus muros, la altura de las torres y el notable tamaño de puertas y ventanas.


            Por preservar su composición ancestral, para muchos ojos parece que el tiempo se detuvo en el Centro Histórico. Sin embargo, algunas miradas se muestran más curiosas y empiezan a lanzar mudas preguntas a la arquitectura; sobre todo cuando se toma conciencia de que cada detalle, la posición de los elementos, la ausencia de adornos o la armonía creada por la conjunción de todos los edificios responde a necesidades y prioridades concretas.


            De nueva cuenta, a través de los ojos se reanuda el diálogo y la muda conversación revela historias aparentemente negadas: cada rincón de la antigua Valladolid da cuenta de los seres humanos que la han habitado, la han definido, la han construido y le han dado su carácter. Con admiración, el encuentro visual revela un descubrimiento: lo inmutable está repleto de cambios, es reflejo de vitalidad.


            Son pocos quienes se dan cuenta que el encuentro con esas expresiones del pasado ha dejado de ser la dosis mínima recomendada y la necesidad por la urbe se convierte en exceso. La ingesta ocular raya en el delirio, la fascinación por las explicaciones de esas piedras llega a la demencia y la alucinación trasciende el hecho de únicamente vivir en ella… quienes caen en el embrujo de la ciudad empiezan a vivir para ella.


            Un obseso acérrimo del Centro Histórico de Morelia es José Antonio Romo, quien ofrece ahora un fragmento de la investigación visual emprendida a lo largo de 50 años. A través de la lente y con esa experiencia a cuestas invita al encuentro permanente de una ciudad que, a pesar de ser muy conocida, no deja de ser enigmática; con cada disparo, en cada encuadre y con cada imagen promueve un permanente encuentro con experiencias presentes y pretéritas, como reflejo de excesos permitidos y hasta indispensables. Excesos reveladores de una certeza: por una ciudad como esta, vale la pena entregar todo esfuerzo, todo el tiempo, todo el talento… incluso, la vida misma.


 


Ricardo Aguilera Soria, enamorado cronista de la misma musa: Morelia

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